Cuento e ilustración por: Josefina Tapia-Calvimontes
Era otoño en Nueva York. Las calles estaban teñidas de rojo, naranjo y dorado, los niños jugaban en los montones de hojas, y comenzaba a hacer frío, así que todos se abrigaban. En esa gran ciudad vivía una chica de cabello ondulado y oscuro, y ojos grandes color miel. Su nombre era Sara. Ella amaba salir a caminar al aire libre, pero no para admirar la naturaleza, sino porque así podía estar “sin que nadie la molestara” viendo su celular (jugando, chateando o mirando sus redes sociales). Prácticamente vivía dentro de ese pequeño aparato y, mientras más se encerraba en él, menos cuenta se daba de lo que se perdía.
Un día, Sara estaba chateando mientras paseaba por el Central Park, y como no veía por donde iba, se tropezó con una piedrecita que había en el camino y cayó de frente, mientras su celular salía volando de su mano para caer fuertemente en el cemento. Sara se levantó con algo de esfuerzo, se había raspado un poco las manos, pero lo único que le importaba en ese momento era su celular. Cuando lo recogió, empalideció, pues su bien más preciado no se encendía. Al principio, Sara se quedó mirando la pantalla rota como si estuviera viendo un cadáver o algo por el estilo. Pero luego recordó que cerca de su casa había una tienda donde podían arreglarlo, así que lo guardó, dispuesta a caminar muy rápido. Entonces miró hacia arriba: fue como si hubiese visto el otoño por primera vez. Mientras avanzaba, descubría cosas nuevas a cada minuto: el color de las hojas, el sonido del viento entre las ramas de los árboles, la música de un par de artistas callejeros y mucho más.
Ya había salido del parque, cuando se encontró con su hermana melliza, Aurora, que era muy parecida a Sara, excepto por el cabello más ruliento y los ojos más claros. Desde que nacieron, todos decían que estaban conectadas, y habían sido las mejores amigas hasta que Sara había descubierto un mundo nuevo en las apps de su celular. A Aurora también le habían regalado uno, pero ella lo usaba solo cuando realmente lo necesitaba y no se había dejado absorber por él. Así que cuando vio a Sara caminando SIN mirar el teléfono a cada paso, le pareció algo muy raro. Sara se alegró mucho de verla y le contó lo que había pasado. Aurora decidió acompañarla y aprovechar para charlar… la echaba de menos.
En unos minutos, las mellizas recuperaron las conversaciones de casi dos meses en los que el celular las había separado. Contándose chistes y recordando anécdotas, llegaron a la tienda. En cuanto entraron, Sara entregó su celular al encargado, y a los pocos minutos este se lo devolvió como nuevo. Ella lo recibió feliz, pero en vez de encenderlo, lo puso en silencio y lo metió en su bolsillo, mientras sonreía a su hermana y la tomaba de la mano. Para sorpresa de Aurora, la llevó de vuelta al Central Park para jugar como no lo hacían hace mucho. Esa tarde corrieron y saltaron sobre las hojas secas, riendo por la alegría de estar realmente juntas otra vez.