Cuento original: El Festival de la Luz

Cuento por: Josefa Valdés

Ilustración por: Josefina Tapia-Calvimontes

Matilda—¡Apúrate! Que vamos a llegar tarde —decía Ana, la hermana pequeña de Matilda. —Llegaremos justo a tiempo —replicó ella. Era el Festival de la Luz en el pueblo de Enon Valley y las dos hermanas estaban muy emocionadas.

—Ya estamos aquí —dijo Matilda—. Hay que apurarnos si quiero encontrar a mis amigas.

El festival se realizaba en el parque, donde todo se llenaba de increíbles y brillantes luces, divertidos carruseles y muchísimos juegos. Al entrar, Matilda vio a una de sus mejores amigas, Sara, junto a su hermana melliza, Aurora.

—¡Holis! —dijo Sara, abrazando a Matilda. —Hello, friend! —respondió ella.

Las dos amigas no daban más de la emoción, ya que el festival se hacía solo una vez al año. Lo que más esperaban las niñas eran los fuegos artificiales que ocurrían al toque de medianoche.

Aurora se fue con sus amigas, igual que Ana, así que Sara y Matilda comenzaron a buscar al resto de su grupo. En el carrito de los churros encontraron a Lucie, Molly y Samantha.

—Hola, friends! ¿Están emocionadas por la mejor noche de nuestras vidas? —dijo Lucie, dando saltitos de alegría.

—¡Sí! —respondieron todas a coro.

—Obviamente —dijo Samantha—, ¡la vamos a pasar genial!

Después de caminar un buen rato (y de comerse los churros de Lucie), encontraron en la fila de la casa embrujada a Emily, Olivia y Rose.

—¡Hola! —dijeron a coro la tres.

—Hola —dijo Lucie—, ¿nos podemos colar en la fila con ustedes?

—No es lo más debido —dijo Rose—, pero ya que…

La fila era bastante larga, pero Olivia, Emily y Rose estaban muy adelante. El resto las miró no con buena cara, pero no les importó… iban a pasarlo bien.

Cuando les abrieron la puerta de la casa embrujada, salió una joven disfrazada de payaso. Matilda y Emily se estremecieron.

—Bienvenidas al Circo… —dijo la joven con una voz grave y maléfica. Sara, Matilda y Molly se agarraron de las manos y Sara notó que a Samantha se le habían puesto los pelos de punta.

—Si vienen por aquí, verán la primera atracción —continuó la anfitriona. De repente aparecieron dos niñas gemelas, con vestidos blancos llenos de sangre. Todas pegaron un grito ahogado.

La siguiente atracción era un montón de gente disfrazada de zombies, cosa que no les causó tanto miedo, aunque su apariencia era escalofriante. Acto seguido aparecieron payasos que agarraron a las amigas de los pies (Olivia le dio una patada a uno).

Entonces vieron la salida, lo que las puso muy contentas.

—¡No volveré a una casa embrujada en mi vida! —exclamó Samantha.

—Concuerdo al 100% —dijo Olivia.

—¿Les parece si vamos al carrusel? —propuso Sara.

—Es una idea genial, así nos sacamos los recuerdos tétricos —respondió Rose.

—¿Qué estamos esperando? —añadió Emily, mientras todas se ponían a correr hacia el juego.

—¡Les vamos a ganar! —gritaron entre risas Molly y Samantha.

—¡Eso ya lo veremos! —exclamaron las demás.

Al llegar, todas quedaron maravilladas por el hermoso carrusel. Era muy alto, con detalles dorados y con los caballos más lindos que se habían visto nunca. Por dentro del techo se veía una hermosa pintura de un parque, en la que resaltaban las figuras de ocho niñas.

—Ey, esas se parecen a… —titubeó Samantha.

—No me lo puedo creer— dijo Rose—:¡Somos nosotras!

—¡Es cierto! —respondió Lucie asombrada—. ¡Es increíble!

Subieron felices y, después de un rato de muchas risas y diversión, el carrusel se detuvo. Aún así las ocho mejores amigas estaban contentas y se dispusieron a caminar.
Mientras charlaban sobre lo ocurrido en las últimas horas, Matilda miró su reloj y soltó un gritito. ¡Eran las 12:00 de la noche y las niñas no se habían dado cuenta de lo rápido que había pasado el tiempo!

Se abrazaron y admiraron los increíbles fuegos artificiales, mientras se les unían Aurora y Ana. Juntas gritaron de alegría una vez más. ¡Había sido una noche inolvidable!

Todas y cada una de ellas sabían que ese momento se quedaría en sus corazones para siempre.

Cuento original: Conectadas

Cuento e ilustración por: Josefina Tapia-Calvimontes

Sara y Aurora (Cuento Conectadas)Era otoño en Nueva York. Las calles estaban teñidas de rojo, naranjo y dorado, los niños jugaban en los montones de hojas, y comenzaba a hacer frío, así que todos se abrigaban. En esa gran ciudad vivía una chica de cabello ondulado y oscuro, y ojos grandes color miel. Su nombre era Sara. Ella amaba salir a caminar al aire libre, pero no para admirar la naturaleza, sino porque así podía estar “sin que nadie la molestara” viendo su celular (jugando, chateando o mirando sus redes sociales). Prácticamente vivía dentro de ese pequeño aparato y, mientras más se encerraba en él, menos cuenta se daba de lo que se perdía.

Un día, Sara estaba chateando mientras paseaba por el Central Park, y como no veía por donde iba, se tropezó con una piedrecita que había en el camino y cayó de frente, mientras su celular salía volando de su mano para caer fuertemente en el cemento. Sara se levantó con algo de esfuerzo, se había raspado un poco las manos, pero lo único que le importaba en ese momento era su celular. Cuando lo recogió, empalideció, pues su bien más preciado no se encendía. Al principio, Sara se quedó mirando la pantalla rota como si estuviera viendo un cadáver o algo por el estilo. Pero luego recordó que cerca de su casa había una tienda donde podían arreglarlo, así que lo guardó, dispuesta a caminar muy rápido. Entonces miró hacia arriba: fue como si hubiese visto el otoño por primera vez. Mientras avanzaba, descubría cosas nuevas a cada minuto: el color de las hojas, el sonido del viento entre las ramas de los árboles, la música de un par de artistas callejeros y mucho más.

Ya había salido del parque, cuando se encontró con su hermana melliza, Aurora, que era muy parecida a Sara, excepto por el cabello más ruliento y los ojos más claros. Desde que nacieron, todos decían que estaban conectadas, y habían sido las mejores amigas hasta que Sara había descubierto un mundo nuevo en las apps de su celular. A Aurora también le habían regalado uno, pero ella lo usaba solo cuando realmente lo necesitaba y no se había dejado absorber por él. Así que cuando vio a Sara caminando SIN mirar el teléfono a cada paso, le pareció algo muy raro. Sara se alegró mucho de verla y le contó lo que había pasado. Aurora decidió acompañarla y aprovechar para charlar… la echaba de menos.

En unos minutos, las mellizas recuperaron las conversaciones de casi dos meses en los que el celular las había separado. Contándose chistes y recordando anécdotas, llegaron a la tienda. En cuanto entraron, Sara entregó su celular al encargado, y a los pocos minutos este se lo devolvió como nuevo. Ella lo recibió feliz, pero en vez de encenderlo, lo puso en silencio y lo metió en su bolsillo, mientras sonreía a su hermana y la tomaba de la mano. Para sorpresa de Aurora, la llevó de vuelta al Central Park para jugar como no lo hacían hace mucho. Esa tarde corrieron y saltaron sobre las hojas secas, riendo por la alegría de estar realmente juntas otra vez.